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jueves, 22 de octubre de 2009

En la tierra de ningún lugar: Negra (5)

Capítulo 5: Negra



Fueron las transgresiones las que me motivaron a continuar en la lista de espera. Dividirnos nunca fue el plan, aún no comprendo si fuiste tú, si fue ella o si fui yo la de la idea, pero se fue acrecentando sin previo aviso, una mañana desperté y todo estaba hecho... Comenzamos la marcha por el lado sombrío de la habitación, persiguiendo las penumbras amarillas de los techos, las grietas aplastadas por el aire, impregnadas del mohoso aliento de la soledad.


...Nos fuimos fundiendo de apoco entre un espeso morado, tus mejillas se fueron inflando envolviendo los ojos, la nariz y derritiendo la boca, los brazos se fueron alargando alcanzando los pies, los cuales desaparecieron al fundirse entre esta viscosidad y la tierra negra. Una a una las luces que tintineaban tan cerca de ella, parecían converger en unanimidad así confundían la real miseria y la terquedad de los individuos, su voz se fue acallando, quizás fue que nunca habló.

Creo que fue la oscuridad que se posó en tus ojos, lo que me encandiló. Los poros comenzaron a respirar permitiendo el paso para aquellos que no volverían jamás.
Fuimos absorbidas como aquel vino en nuestra sangre, sentimos hervir.
Ese maldito afán, ¡que hermoso y loco afán! me remordía todas las noches, me perseguía continuamente y sólo queríamos navegar. -.Todo te corrompió el corazón maltrecho en agonías y te encerré con mis tapujos de inquilina.

Sin más ni más se entregó a merced del olvido, negando toda eyaculación de vida. Estaba reacia la histeria colectiva, estaba eufórica de la noche, del día y del mañana.
Era claro que nadie fue capaz de negarse hacia Alicia, era claro que ensució las veredas de tantas ciudades perdidas en el arrullo de la distancia, del frío y de los desencuentros. Cuando azotaba las calles las ventanas vibraban lejanas, paradoja mágica ¿no?

....Y pernoctaste hasta nuevo aviso, hasta escuchar la voz de ella, la voz de él, la voz prudente del ocaso...

lunes, 20 de abril de 2009

En la tierra de ningún lugar: En su ausencia... (3)

Capítulo 3: En su ausencia...


No podía distinguir entre la calle correcta, la iluminación era bastante confusa en ese instante, traviesamente jugaba con sus faroles, como queriendo distraerme o perderme... no podía entender mucho ya, a lo lejos divisaba como se fundían los esquemas de la ciudad. Ahí fue cuando me preocupé realmente. Quizás lo mejor hubiese sido tomar el tren, las líneas del tren nunca se confunden, ellas sí saben hacia dónde ir.

Silencio, un ligero silencio se veía venir; lentamente avanzaba para que nadie advirtiera su presencia, sigilosamente se hacía más impetuoso, tenía que ser cuidadoso, él sabía que Alicia no era una chica fácil de tratar, cualquier paso en falso lo podía delatar y no querría tener problemas con ella. Lo mejor sería esta vez seducirla y hacerla cómplice de su engaño, hacerla amante esa noche, hacerla suya por primera vez. Tenía que barajar todas las cartas, analizar una a una las estrategias, porque esto no era un simple juego, no, las oportunidades de salir victorioso eran escasas  Aún así, el silencio no estaba dispuesto a rendirse, ni mucho menos de perder ante una niña, ante una pequeña e indefensa niña.


Decidió comenzar con un tímido susurro al oído, con un falso y vacío susurro que poco se sintió, se inclinó audazmente bajando... robándose toda su identidad, besó sus lunares jamás existentes, inmortalizó cada peca que componía ese oculto cuello, ese impenetrable y tentador cuello. Se deslizó sutilmente cada vez más seguro de sí, recorrió cada centímetro sin dejar espacio para la duda. Su amante celosa esperaba al mas mínimo tropiezo para tomar devuelta a su querido silencio, a SU amado silencio, quién se encontraba muy consciente de que sólo tenía esta oportunidad y nada más. Se mantuvo firme y continuó, sintiendo las frescas fragancias que se evaporaban de aquél inocente, apetecible y maduro pilar, siempre implacable y firme, imposible de derrumbar (todos ya lo sabíamos inclusive él pero ya era muy tarde para retroceder.)
Quizá Amapola, quizá jazmín diluido con un agrio sabor a licor fueron emanando de aquel pedestal. - ¡Rápido! todo iba muy rápido, el pulso se aceleraba, la respiración agitada se hacía insostenible, el descontrol era amo y dueño de ese palpitar- pero él la sostuvo fuertemente, la abrazó tan cálidamente que no le quedó más remedio que entregarse. Placenteramente respondió el beso más apasionado que jamás recibió, ese beso que acalló el llanto más desconsolado que alguna vez se escuchó.

sábado, 30 de agosto de 2008

En la tierra de ningún lugar :Y el otoño emigró (2)

Capítulo 2: Y el otoño emigró


Discuto ante mi 20 mil palabras, discuto ante mi 500 mil alaridos, acompañados de sentimientos que me comen y devoran, deshacen mis ideas de amoríos, deshacen mis cuentos, mi melodías pegajosas y melosas.
Rizados y fugases al compás del viento, rebeldes bajo su perfecta armonía y entregados a la fuerza de lo natural... acompañando ese andar enardecido, que desplegó su sigiloso interés en mí, sólo en mí, sólo a mis ojos testarudos y vanidosos... me gritaron, yo altaneramente les correspondí.

Esperé momento desquiciados, esperé rayos, un tanto más cálidos de lo apreciable, rayos de sol radiantes en su esplendor (menos hipócritas que los del mismo otoño).

Y sentada descubría lo que no quería descubrir, de paso descubrí que no debía sentir tal cariño, quería tanto, que fue incontenible como se dispersó.

Y no aguarda más. La timidez no quiso involucrarse, el cariño se marchó. Y desde entonces que visita solitariamente mi andar.

Más bien el otoño se hartó de tantos suspiros y momentos no realizables, momentos que no tocarían su veracidad, ni su realidad, ni la tangibilidad de su suelo en su marcha... en su caminar.
Ya hace bastante que abandonaron a mi vanidad la esperanza de hablar, de palpar el mismo instante en el mismo espacio... Desde aquella fracción de eternidad que por fin sentí al otoño emigrar. Soñé con tu pelo y el caminar de tu espalda, quizás encontrarte donde mi falsa identidad se apodera de las tantas otras. Lo más probable es que es ahí donde a ella le gusta sentirse invencible, indestructible.

No distinguían mis pupilas la transición del anhelo y tu presencia... no distinguían tantas fantasías de la culminación de la misma...
Odio cuando la vanidad de tu vista se apodera y altaneramente miran de reojo mi ego malgastado.